Oriol Estela Barnet

Economista y geógrafo; profesional del desarrollo local desde 1995, abordándolo desde diferentes frentes: como consultor privado, como trabajador público y actualmente como coordinador general de la asociación Plan Estratégico Metropolitano de Barcelona.


¿Qué es lo que más le preocupa hoy?

En el año 2020 nos estábamos todavía recuperando del golpe de la crisis de 2010 que hizo retroceder dos décadas los indicadores de desigualdad en la Barcelona metropolitana. Esta nueva crisis no solo habrá frenado en seco esa recuperación, sino que puede haber superado los récords de impacto negativo de la anterior. Eso significa que nuestro modelo de desarrollo, además de presentar debilidades en cuanto a la justicia social y ambiental, era altamente vulnerable. Lo que más me preocupa, por tanto, es que el lógico afán por recuperarnos lo antes posible de la grave situación económica nos lleva a reproducir de nuevo ese modelo.

¿Qué se puede hacer para solucionarlo?

Lo que proponemos con el proceso Barcelona Demà y la elaboración de un plan estratégico en el medio y largo plazo, que llamamos «Compromiso Metropolitano 2030», es establecer misiones, entendidas como objetivos ambiciosos transformadores y medibles, que sean compartidos por el conjunto de actores económicos y sociales y para todo el territorio metropolitano. Por ejemplo, en el ámbito de la alimentación deberíamos fijarnos el objetivo de cubrir una parte importante (pongamos que un tercio) de la dieta de los cinco millones de personas que viven en la región metropolitana de Barcelona con alimentos de proximidad. Se trata de objetivos que tienen que ver con un amplio abanico de políticas (desde el urbanismo a la educación al consumo) en la cual un gran número y diversidad de actores, incluyendo a la ciudadanía en general, pueden contribuir con sus acciones cotidianas.


¿Qué se está haciendo bien?

Tras el primer impacto de la pandemia, y con el confinamiento total, se comprobaron las grandes posibilidades que ofrece la colaboración entre actores, sea público-privada, público-comunitaria e incluso privada-comunitaria. Algo que habría que potenciar para evitar que cada cual actúe por su cuenta y riesgo y porque sólo desde la colaboración se empatiza, se genera confianza y se refuerza la solidaridad. Creo que los fondos de recuperación de la Unión Europea son una gran oportunidad, no únicamente por su enfoque en términos de prioridades, sino también para ensayar todas las fórmulas de colaboración posibles. Por otro lado, poner el foco en políticas que atienden a las necesidades esenciales de la ciudadanía, como la vivienda, la energía o la alimentación, es una respuesta adecuada que deberíamos asegurar que tiene continuidad y se hace con visión estratégica de medio y largo plazo.

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