Anna Pérez Català

Ambientóloga especializada en cambio climático y desarrollo internacional. Ha trabajado para administraciones, organizaciones sociales y ONG en temas relacionados con la energía y el cambio climático. Fue codirectora de Climate Tracker, una red internacional de periodistas que se dedica a mejorar la comunicación de la crisis climática.


¿Qué es lo que más le preocupa hoy?

El cambio climático. Cómo las preocupantes predicciones científicas se van cumpliendo una a una, o hasta se aceleran los impactos. Me preocupa como estos cambios de temperatura, precipitaciones, etc. están ya afectando de manera desigual a aquellos que tienen menos voz: las personas más pobres, los países del sur global, las refugiadas, el reino animal… Y como, aún teniendo la ciencia y conocimiento a nuestro alcance desde hace décadas, las grandes corporaciones trabajan para retrasar la acción o proponer falsas soluciones, y los gobiernos no lo hacen una prioridad en su planificación, como por ejemplo en el debate de ampliar el Aeropuerto del Prat de Barcelona.

 

¿Qué se puede hacer para solucionarlo?

Hay que repensar completamente la forma en que vivimos en este planeta. Nuestro consumo por supuesto, pero también es un cambio cultural, de qué valoramos, qué nos hace felices como sociedad, qué hacemos con nuestro tiempo libre,… Tenemos que imaginar futuros y soluciones concretas e ilusionantes para cada persona: por ejemplo, cómo van a ser las ciudades sin coches, dónde pueda llevar a mis hijas a la escuela en bicicleta. Cómo van a vivir las zonas más turísticas si hay una reducción del transporte aéreo mundial, qué otras economías se pueden potenciar que representen una mejor vida. Por suerte, hay mucha gente, organizaciones y movimientos sociales, trabajando para imaginar y construir estas soluciones, y será con la participación democrática (como las asambleas ciudadanas) y la cooperación (entre países, sectores, pueblos…) que avanzaremos.


¿Qué se está haciendo bien?

El discurso climático avanza rápido y está aquí para quedarse. Gracias a los movimientos jóvenes recibió un empujón muy necesario en 2019, y aún con la crisis del coronavirus las encuestas demuestran que la sociedad sigue preocupada por la crisis climática. Lentamente vemos como avanzan políticas, inversiones, propuestas alrededor del mundo… Pero este mundo nuevo que emerge sigue chocando con la monstruosa estructura del mundo viejo y fósil que dejamos. Los planes de salida de la crisis del coronavirus a nivel global siguen invirtiendo más en combustibles fósiles que en energías renovables o una recuperación «verde». Estamos en la década decisiva, aquello que hagamos hasta 2030 definirá la gravedad de los impactos que sufriremos como planeta, y por lo tanto es un momento clave de transición, de brotes nuevos de esperanza, pero también de confrontación ante grandes intereses.

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